Una escena de «El bramido de Düsseldorf» –

Sergio Blanco estrena su obra de «autoficción» en el marco del Festival de Otoño de Madrid

Sergio Blanco, dramaturgo uruguayo afincado en París desde hace años, es un dramaturgo sorprendente. Conquistó al público español con «Tebas Land», un texto de una gran inteligencia y emotividad. Ahora trae al teatro de la Abadía -dentro de la programación del Festival de Otoño- «El bramido de Düsseldorf», en la que él mismo dirige a Gustavo Saffores, Walter Rey y Soledad Frungone. El texto relata la agonía y la muerte de su padre en una clínica de Düsseldorf, ciudad a la que los dos habían viajado. Y es que Sergio Blanco lleva unos años practicando la autoficción; es decir, contando historias sobre sí mismo. Lleva a las últimas consecuencias aquella máxima de «Pinta tu aldea y pintarás el mundo».

«Creo mucho en esa noción -dice el dramaturgo-, y eso lo podemos trasladar al individuo. Hablando de uno se puede hablar del mundo; la autoficción, en la que llevo trabajando desde hace unos diez años, parte de la historia, del cuerpo de uno, pero nunca para quedar encerrado en un emprendimiento egocentrista y yoísta, sino siempre buscando en uno lo que puede estar en los demás».

Todo acto de creación, dice Blanco, «tiene algo de terapéutico. La autoficción tiene un efecto sanador. Uno parte de una herida, un dolor o un trauma para construir una trama. Yo hablo mucho de la proximidad y el vínculo etimológico entre los términos “trama” y “trauma”. La autoficción plantea que desde ésta se puede llegar a aquella. De alguna manera, alivio el dolor a través de las palabras. Ya estaba en la cultura griega, en el pensamiento socrático. La palabra tiene ese papel curador. La puesta en lenguaje, nombrar el dolor, es sanar o al menos inscribirse en un proceso de sanación. Estoy convencido de que la palabra cura».

La creación puede partir tanto del dolor como de las experiencias positivas, pero aquel es un motor mucho más potente, piensa Blanco. «Uno parte sobre todo de interrogantes, de dudas. Y sin lugar a dudas, la desgracia, lo doloroso, nos lleva a hacernos más preguntas que la felicidad. Uno es feliz cuando no se da cuenta; generalmente uno no es consciente de la felicidad. Sin embargo, el desgarro y el trauma se vivencian de una forma mucho más intensa. Generalmente, cuando uno es feliz no se pone a escribir; está inmerso en la felicidad. Esto es una experiencia muy personal, pero la escritura la empujan todas esas pulsiones ligadas al dolor, a la angustia, a la soledad, al miedo a la muerte…»

El teatro, añade el dramaturgo, «es un espacio de interrogantes, y donde las respuestas son muy personales, que uno elabora en la sociedad. Yo unas veces encuentro respuestas y otras no; de todas maneras, soy lector o espectador de mis propias obras y me gusta dialogar con ellas. Pero no pretendo dar respuestas. La luz entra por los interrogantes, no por las respuestas».

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Check Also

La Paz trata el cáncer de mama con crioablación por primera vez en España

Esta intervención destruye el tumor por congelación, tiene una duración de entre 30 y 40 m…