«Conundrum», de Teatro Praga, propuesta de La Casa EncendidaARTE

La propuesta «Ahogarse en un mar de datos» indaga en la tensa articulación entre lo real y lo virtual

Hasta hace poco, la Historia transcurría dentro de distintos tiempos locales. Los actuales procesos de globalización y virtualización están inaugurando una cronología única y universal que, según Virilio, prefigura una forma inédita de tiranía. La consolidación del ciberespacio y de las autopistas de información ha supuesto, paradójicamente, una pérdida de orientación en nuestros modos de relacionarnos con el otro y con el mundo. Ahogarse en un mar de datos, en La Casa Encendida, indaga en esta tensa articulación entre lo real y lo virtual, más específicamente, en la angustia que el régimen digital produce en la ciudadanía. No se trata de un proyecto tecnófobo, sino que pone el foco en la urgencia de interpelar los discursos hegemónicos de la comunicación global.

Cargar más las tintas

Es la segunda vez que su comisario, João Laia, trabaja en este espacio: en 2017 presentó Transmissions from the Etherspace, donde reflexionaba acerca de la relación entre arte, vida y esfera digital. Ahora ha acentuado su postura crítica y ha perfilado la dimensión ideológica. La cita posee una perspectiva multifocal que no solamente integra obras expuestas, sino que también incluye un ciclo de performances y una publicación con ensayos que amplían las derivas conceptuales del proyecto. Uno de los más interesantes es el de Jonathan Crary, para quien la nueva generación de pantallas supone el total sometimiento de nuestra mirada; como forma de resistencia -señala-, «el ojo debe inventar sus propias formas de vagabundeo e indocilidad para conservar sus facultades creativas y éticas». Un reto que es asumido por los artistas seleccionados.

Pese a tratarse de una exposición sobre las emociones que genera el entorno virtual, las obras no utilizan las posibilidades específicas de los ordenadores o internet. El interés del comisario va más allá de las propias innovaciones tecnológicas y se centra en la dimensión social que éstas proyectan en nuestro inconsciente. Así se trasluce en las pinturas de estética paranoide de Tomasz Kowalski, en la poética escultórica de lo informe de June Crespo o en las ambiguas fotos de Joanna Piotrowska. Lo instalativo se despliega en la imaginería ciborg del dúo Pakui Hardware, en la inmaterialidad corporal que plantea M Reme Silvestre y en el trabajo de Nicolás Lamas acerca del carácter efímero de los significados. Mención aparte requiere la monumental instalación de Evan Ifekoya: una gran ola, coronada por globos, que arrastra a una orilla queer ubicada lejos de los medios de representación dominantes.

No se trata de un proyecto tecnófobo, sino que urge a interpelar los discursos globales

Hay un predominio del vídeo, dentro de un arco estético que va de lo documental hasta la apropiación y el remix; son piezas que abundan en aspectos como las nuevas patologías colectivas (Sofía Reyes), el mantenimiento de esquemas de la Guerra Fría (Emma Charles), los nuevos modos de consumir e interpretar la información (Pedro Barateiro y James Richards & Leslie Thornton), la influencia de los algoritmos en los entornos sociales (Clemens von Wedemeyer) o la aparición de nuevos modelos de espiritualidad (Korakrit Arunanondchai).

El recorrido se articula a través un abigarrado laberinto de cortinajes que recalca, de manera demasiado literal, la continua edición de la realidad y el estado generalizado de desorientación. Una escenografía que diluye cualquier tipo de núcleo y que parece representar lo que Bauman y Donskis denominan «maldad líquida»: la aparición de un poder descentralizado, que simula no gobernarnos, cuando en realidad las somete con contundencia a la perversa lógica del consumo.

Ahogarse en un mar de datos. Colectiva. La Casa Encendida. Madrid. Ronda de Valencia, 2. Comisario: João Laia. Hasta el 19 de mayo.

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