Gilberto, con su guitarra, una imagen icónica – MÚSICA

La «bossa nova» se queda huérfana con la desaparición de este brasileño universal, intérprete de la célebre tonada «La Chica de Ipanema»

Sobrio, con aire de bibliotecario en turno de noche, es lugar común recordar sus entradas al estudio de grabación, en las que se limitaba en un «pasaba por aquí» a abrir el estuche, calzarse la guitarra, atacar el micrófono y grabar apenas sin interrupción lo que tenía pensado, para acto seguido guardar la guitarra y, caminando lentamente, marcharse, como si tal cosa. Nadie podría sospechar que un tipo de apariencia tan gris pudiera ser un verdadero genio, un esteta, un artista de vanguardia, un hijo espurio de Caymmi, el más grande compositor de samba urbana moderna, del que aprendió a convertir la voz en instrumento, a ser un, digamos, supercantante, capaz como pocos de hallar la perfección de la simplicidad mediante la elección precisa de las palabras y las notas y la búsqueda de la esencia real de la canción.

La forma de escuchar a Caymmi de João Gilberto fue la causante del giro que desemboca en la bossa nova, con la música de Tom Jobim y la poesía de Vinicius como motores principales. Chega de saudade, recuerda Caetano, operó como un manifiesto fundacional de la bossa nova: «una samba con algunas características de choro, riquísima en motivos melódicos, de apariencia tan brasileña como una grabación de Sílvio Caldas, era, al mismo tiempo, una canción moderna con ritmos y armonías osados que podían atraer a cualquier músico de cool jazz o bop».

Aquel triunvirato estaba reinventando la saudade con un compendio de «novedades que sonaban como atavismos». Contenía todos los elementos luego dispersos en las demás canciones, «fue el mapa, el recorrido, la constitución de la bossa nova». João Gilberto fue el faro que ilumina la negrura del océano para una joven generación que a partir de 1959 se reúnen en el bar de Bubu, en Santo Amaro, porque saben que al propietario le gusta y van a escuchar al maestro. Por ahí pasarán Maria Bethânia, Caetano, Gal Costa, Gilberto Gil, asombrándose con los intervalos melódicos inusitados de Jobim y las invenciones poéticas de Vinicius en Desafinado o en O Samba de uma nota só.

Stan Getz

Esta historia podría haber quedado en un fenómeno musical circunscrito a las tierras exploradas por Von Humbolt. Lo que pasa es que, en paralelo, algo ocurrió: resulta que el gran Charlie Byrd, a finales de 1961, quería volver a la escena del jazz mundial y tenía claro que para ello necesitaba un saxofonista. Su intuición le llevaba a girar hacia una mixtura entre la samba y el jazz, algo parecido a lo que ocho años antes había hecho Laurindo Almeida. Fue así como acertó al fijarse en Stan Getz, tal vez el único capaz de improvisar como Parker o Lester Young y que ya había dado muestras de su talento en las grabaciones con Dizzy Gillespie. Byrd le propuso un disco de música brasileña y Getz dijo que sí. Norman Granz, el director del sello Verve, encargó las sesiones de grabación para febrero de 1962. Los músicos tuvieron que hacer uso de las partituras. Aquel disco resulta que contenía un hit detrás de otro. Brasil estaba de moda, era lo más cool del planeta.

Desafinado de Jobim se pasó dos semanas en el nº 1. Aquello corrió como la pólvora, siendo el contrapunto del incipiente fenómeno Beatles. El 21 de noviembre de 1962 y tras un viaje a Río donde reclutaron a los mayores exponentes de la bossa nova se produjo el gran acontecimiento en el Carnegie Hall. Abrió Sergio Mendes con su sexteto Bossa Rio y el teatro se vino abajo. Ahí estaban Jobim y también João Gilberto, muy preocupado por los bajos del pantalón.

La cadera de la costa

En 1963 Getz tenía tres contratos para discos de jazz samba: con Gilberto, Almeida y Bonfá. El primero ha envejecido más que bien, siendo hoy considerado un clásico. Es comprensible que João decidiera quedarse en Estados Unidos, porque, la verdad, no tenía casa, vivía en las casas de sus amigos. Aquel Getz/Gilberto para Verve se abrió con una canción, «The Girl from Ipanema», hoy día reconocible por cualquiera en los cinco continentes. La voz de la entonces su esposa, Astrud Gilberto, cantando en inglés, fue a su vez el detonante para la carrera de ella. La canción la habían compuesto Jobim y Vinicius en Río, cuando en la esquina de las calles Prudencio de Morães y Montenegro avistaron «la cadera de la costa», que diría Alberti, de una chica que iba balanceándose con natural sensualidad camino de la playa.

Luego vinieron las películas, y la llamada de Frank Sinatra para grabar un disco, donde Jobim acabó alcanzando total protagonismo y que, gracias a un padrino como Frankie, le otorgaría un lugar en el panteón de los dioses. Pero la grabación primera de Jobim y João Gilberto fue Brasil’s Brilliant, para Capitol, en 1960. Fue, como nos recuerda Dave Dexter Jr. en la contraportada, fruto de diez días de enero, en las montañas, bebiendo café y escuchando la lluvia torrencial caer. Aquí puede saborearse el arranque de un fenómeno imparable.

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