Deborah Macías, Ana Graciani, Eva Yerbabuena, Mafalda Bellido, Ana Zamora y Lucía Miranda, en el teatro Reina Victoria de Madrid – TEATRO

Este lunes se entregan en Valladolid los premios Max de las Artes Escénicas. ABC Cultural ha reunido a seis creadoras para hablar de feminismo y de libertad, el «leitmotiv» de la gala

La libertad y la creación artística son conceptos que siempre han ido unidos (aunque en demasiadas ocasiones haya habido intentos de romper esa relación). Y la libertad es, precisamente, la idea que inspirará la gala de los XXII Premios Max de las Artes Escénicas, que se celebrará este lunes en el Teatro Calderón de Valladolid. Dirigirá la gala Ana Zamora, fundadora de la compañía Nao D’Amores, un conjunto que desarrolla desde hace años una fecunda actividad en el rescate de nuestro teatro más primitivo. ABC Cultural ha reunido en el teatro Reina Victoria, además de a Zamora, a un puñado de creadoras y candidatas a los Max de este año: Ana Graciani, presidenta de la Fundación SGAE (entidad organizadora de los premios); Eva Yerbabuena, finalista a mejor bailarina, mejor coreografía y mejor espectáculo de danza; Lucía Miranda, candidata a mejor autoría teatral; Mafalda Bellido, nominada al premio a mejor autoría revelación; y Deborah Macías, finalista al Max al mejor diseño de vestuario, y responsable también del vestuario de la gala de este año. Con ellas ha charlado este periódico sobre la libertad y la mujer en las artes escénicas actuales, entre otros muchos asuntos.

Ana Zamora le ha hincado el diente a la manzana de la gala por «la responsabilidad que supone para un artista ejercer esa libertad. Y me he guiado con los principios de un poeta metido a filósofo, Luis Rosales, y su libro Teoría de la libertad». Ana Graciani añade que «es el momento de hablar de libertad en las artes escénicas». Pero, dice, los Max han de ser «una celebración». «Va a ser una fiesta, pero vamos a transitar espacios que nos permitan plantearnos cosas, entendernos de otra manera y que el espectador que vea la gala a través de la televisión entienda cómo es nuestro trabajo más allá de la lentejuela».

Privilegio

«Si existe la autocensura no existe la creación», tercia Mafalda Bellido. «La libertad es algo con lo que nacemos -interviene Eva Yerbabuena-; pero yo soy bastante escéptica con que podamos acercarnos a ella. Los creadores tenemos el privilegio de la libertad porque utilizamos la imaginación, pero siempre, desgraciadamente tenemos limitaciones». En este sentido, son las económicas las mayores enemigas de la libertad, apunta Mafalda Bellido. «Las autoras, sobre todo en las compañías pequeñas, hemos de tener en cuenta la cuestión económica a la hora de escribir. Cuatro personajes ya es un exceso; para nosotros es una superproducción». «Siempre tenemos la duda de si escribir como lo quiero o si lo hago pensando en la producción; a veces hemos de pensar como autoras y después ya resolveremos el problema de la puesta en escena -concluye Lucía Miranda-; si no, estaríamos limitadas desde el momento de la escritura y ya no podríamos soñar lo que tenemos en la cabeza». Graciani añade: «Lo extraordinario es que sobre un escenario la magia existe, y puedes pisar la luna».

«En la SGAE, solo el 18% de los autores somos autoras, que es muy poco», dice Ana Graciani

Ana Zamora introduce un nuevo elemento: «¿Somos libres para tratar los temas que queremos tratar? ¿Podemos contar lo que queremos sobre un escenario? Se supone que sí, pero, ¿escribimos nosotros nuestros textos o estamos condicionados socialmente?». «Quieras o no -reflexiona Deborah Macías- la realidad se impone con parámetros sociales, culturales… Y voy a hablar de lo mío, el diseño de escenografía y vestuario, en cuanto a materiales. Pero no debemos perder el ansia de libertad cuando estamos creando». «Las limitaciones te hacen mirar muy adentro y te ayudan a crecer», dice Eva Yerbabuena. «Luis Rosales decía que uno no es libre porque hace lo que quiere, sino porque puede hacer lo que quiere -cita Ana Zamora-, y el artista tiene que luchar contra los poderes para contar lo que es necesario contar».

La sociedad actual cree necesario hablar, también sobre el escenario, de la situación de la mujer, de su papel y de sus necesidades; de igualdad y de reivindicación. En suma, de feminismo. Las artes escénicas han sido siempre un espacio propicio a la presencia femenina, pero no es oro todo lo que reluce. «Yo he sufrido machismo -dice Deborah Macías-; no como creadora, pero cuando entras en el aspecto técnico sí he encontrado actitudes machistas. También nosotras entramos en ese sistema, y yo soy en este aspecto muy guerrera conmigo misma. No solo tenemos que reivindicar y pedir, tenemos que posicionarnos y no dejarnos llevar por cuestiones culturales, que debemos cambiar».

«Hemos de contar lo que queramos, no lo que se espera que contemos», asegura Ana Zamora

¿Están las creadoras en estos tiempos más interpeladas a hablar de feminismo en sus textos? «Ni más ni menos que antes -dice Mafalda Bellido-. No me siento obligada a escribir de determinados asuntos por el hecho de ser mujer». «Con esta corriente de intentar que las mujeres pasen a otro nivel, que falta hace -acota Ana Zamora-, parece que estamos obligadas a contar siempre historias de mujeres. Y no. Yo estoy haciendo mi trabajo ya con mi presencia. Lo esencial es tener referentes. Pero hemos de contar lo que queramos, no lo que se espera que contemos».

Ana Graciani añade al debate datos y no opiniones. «En la SGAE, solo el 18 por ciento de los autores somos autoras, que es muy poco. En las veintidós ediciones de los Max, solo en una ocasión había dirigido la gala una mujer -otra la codirigió junto a un hombre-. ¿Por qué? Precisamente por lo que hablaba Ana: los referentes. Se piensa en directores y no en directoras; no están en nuestro imaginario. He hablado del 18 por ciento de autoras, pero ¿cuántas están en los grandes teatros? Muy pocas… De todos modos, algo está cambiando afortunadamente. Y de verdad. En estos premios, de los 39 finalistas individuales, 24 son mujeres».

Referentes

«En el baile, sin embargo, ha ocurrido lo contrario -interviene Eva Yerbabuena-. Nosotras lo hemos tenido mucho más fácil porque ha habido mujeres como Carmen Amaya o Pilar López. Y eso que el mundo del flamenco ha sido tremendo; ser bailaora o coreógrafa estaba muy mal visto, era ser lo peor. Pero yo echo de menos ser ama de casa; creo que es algo muy importante dentro de la sociedad, no se valora ni se considera un trabajo. Y la mujer, de forma inconsciente o consciente, no lo sé: ‘‘Si esto no está valorado, yo me voy fuera, porque puedo hacer lo que tú, hombre, haces. Pero haz tú lo que yo hago si eres capaz’’. Para mí es lo más difícil; si estuviera valorado y pagado, yo creo que esto cambiaría por completo. Pero, y eso ha ocurrido en todos los gremios, ¡que nos hayamos quedado sin oír cantar a María Bala porque su marido decía que le cantaba solo a él en casa…!».

«Hay que romper muchas malas costumbres -afirma Deborah Macías-; hay niñas y mujeres que no dan determinados pasos en su vida porque no se creen capaces, o creen que no les toca». «Pero no podemos trabajar todo el día con el trauma sobre la espalda. Ya estamos aquí», tercia Ana Zamora. «Pero hay gente a la que hay que recordarle que estamos en otro tiempo», insiste Deborah Macías. «Sí, porque hay cosas que pensamos que están asentadas, pero no lo están, y tenemos que ser conscientes de ello. Que no está todo el trabajo hecho», concluye Mafalda Bellido.

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