Pablo Aguado dibujó muletazos a cámara lenta al último de la tarde – San Isidro

Sin redondear faena, el sevillano deja una magnífica impresión en una tarde en la que Ginés Marín corta una oreja con toros nobles y flojos de Montalvo

La Tauromaquia es una de las poquísimas artes en las que un joven, en una sola tarde, en Sevilla o en Madrid, puede consagrarse como primera figura; incluso, en algún caso, influir en el curso de ese arte. Para los aficionados al fútbol, algo así como si un jugador marca el gol decisivo en una final de Copa de Europa. Eso le sucedió a Pablo Aguado, el viernes 10 de mayo, en la Plaza de los Toros sevillana: cortó cuatro orejas y abrió la Puerta del Príncipe. La sorpresa fue relativa: conocíamos sus cualidades los que estamos al tanto de la actualidad taurina pero, para la gran mayoría, era un perfecto desconocido. Y, en todo caso, no era fácil imaginar un triunfo tan rotundo. Esa tarde, Aguado se ha consagrado como figura del toreo, con un mérito añadido: lo ha hecho con el toreo clásico, el de siempre, sin necesidad de rodillazos, espaldinas, zapopinas ni demás jeribeques. Demostró, además, que el repertorio más clásico (la verónica, el natural y la estocada) siguen entusiasmando al público, cuando se ejecutan con gracia y armonía. Torea con naturalidad, con sencillez, con buen gusto. Eso, que parece fácil, es dificilísimo. Y, para colmo, hizo faenas medidas, sin alargarlas innecesariamente. Los aficionados nos ilusionamos con que eso suponga un aviso para navegantes, por demostrar la vigencia de este tipo de toreo, y que anime a muchos jóvenes a emprender ese camino. Esta tarde es crucial, para él: debe despejar la incógnita de si es capaz de mantener ese nivel. El estilo lo tiene, no cabe duda. ¿Tendrá el corazón y el carácter necesarios para seguir a esa altura, con los toros buenos y los menos buenos? De momento, el cartel de esta tarde ha ganado muchísimo atractivo. En Las Ventas, en San Isidro, ¿va a confirmar su categoría? La Plaza se llena.

Con un cartel de tres diestros muy jóvenes, se lidian toros de Montalvo, una de las divisas salmantinas más ilustres, que se pasó, como tantas, al encaste Domecq y ha cosechado notables éxitos. Esta tarde, lucen nobleza pero fuerzas justas.

Con 22 años, Ginés Marín encabeza el cartel (algo poco frecuente). El primero, gordo, bien armado, embiste con nobleza, justo de fuerzas pero repite. Ginés logra dos buenas series al natural (el pitón mejor del toro). Le aplauden la colocación, al citar. Al final, también consigue algún suave derechazo, antes de una gran estocada: justa oreja. El cuarto flaquea desde el principio pero parece rehacerse, por la casta. Lo brinda, para redondear el triunfo, pero cae varias veces; él duda en el terreno adecuado, por el viento. Acaba prolongando la faena, sin fruto. Entre unas cosas y otras, casi nada. Mata a la segunda y suena un aviso.

El segundo de los Adame, Luis David triunfó como novillero por su entrega y la variedad de su repertorio. Ha seguido cosechando triunfos, después de la alternativa, pero no sé si progresa adecuadamente: lo que en un novillero es virtud, en un matador, puede no serlo. Ha de demostrar mayor reposo y buscar una estética más depurada. El segundo embiste con una clase fuera de lo común. Se luce el picador Óscar Bernal en un gran puyazo. Se presenta ya Aguado con tres verónicas cadenciosas, meciendo el capote, y David replica por zapopinas: una diferencia… Comienza con derechazos de rodillas, le censuran la colocación, logra centrarse en dos series de naturales y mata bien, al encuentro. Piden la oreja, que no se concede, y da la vuelta al ruedo. No ha estado mal pero, para mí, por debajo del gran toro, un «Enviado» para darse un homenaje de buen toreo. El quinto también embiste pronto y va largo: ¡vaya lote! El trasteo voluntarioso de Luis David, sin ajuste, tiene escaso eco y prolonga sin necesidad. Ha tenido reses para torear mejor.

Devuelto por flojo el tercero, el sobrero de Algarra, muy abierto de cuerna, le propina a Aguado un golpazo en la rodilla, en las verónicas de recibo. Molesto por el viento, Pablo juega bien los brazos pero, al acabar la primera serie, el toro le pega una fuerte voltereta. Vuelve a la cara del toro, que es corto y flojo. Todo queda en algunos detalles de categoría pero lo emborrona al matar muy mal. (Sufre contusión, puntazo y esguince, de pronóstico leve). El último tampoco le deja lucirse con el capote. Los muletazos de tanteo iniciales tienen tal suavidad que ponen al público de pie; continúa así, con una armonía natural que provoca rugidos de entusiasmo, aunque el toro flaquee, por el trazo y el ritmo: lo mejor de la escuela sevillana seria, sin barroquismos. Acaba con naturales de frente, a lo Manolo Vázquez. Pero hace guardia y tarda en matar. Queda claro que su estilo no es bueno, sino buenísimo, pero ha de dominar también a los toros con complicaciones y ha de mejorar con la espada. Nos deja con la miel en los labios, saboreando esa armonía. Si lo anunciaran mañana, todos volveríamos. Si no coge alguna sustitución, habrá que esperar a la última tarde de la Feria. Decían los revisteros: «Habemus Papa»; en castellano, tenemos torero. Sin la menor duda.

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