Pablo Aguado acaricia la embestida del sexto toro de Montalvo – EL «VAR» DEL TENDIDO

«¡Huele a torero!», gritaba la afición para romper el silencio maestrante

«Silencio, torea Pablo Aguado». Se lo dijo un jubilado a sus vecinos mientras se encendía un puro kilométrico, un señor que curiosamente había retransmitido el resto de la corrida como una canción en bucle. «Un plasta», murmuró un chaval por lo bajini. Pero cuando el nuevo elegido de Sevilla se plantó a la verónica hasta el más pesado enmudeció. Hubo una de cartel de toros, de hondura descomunal: desde el Guadalquivir hasta el Manzanares, desde el embroque hasta la eternidad. Madrid acogió con los brazos abiertos a la sorpresa abrileña de mayo. Se notó el efecto Aguado en taquilla: más de veinte mil almas se citaron. A la empresa de Las Ventas le vino Dios a ver con el triunfo del hispalense. «Pero Dios no es buen aficionado», recordó un abonado mientras se lidiaba el tercero bis…

Aquel sobrero de Algarra lo cogió con una violencia tremenda: «Travieso», que así se llamaba el remiendo, era Canelo Álvarez (pero con mal estilo) queriendo noquear a Rocky Fielding. Dramática la voltereta, con el corazón de los tendidos encogido. El pitón se introdujo en el glúteo derecho: un boquete lo anunciaba en el sangriento terno, pero por fortuna todo quedó en un puntazo corrido. Un milagro del Jesús del Gran Poder en la casa de la Virgen de la Paloma. Como minutos antes, cuando sintió un crujido en la rodilla. Aguado tiró de corazón, pero lo grande vino en el sexto, un toro medio (vulgar), con el que la clase la puso Aguado. «¡Aquí huele a torero!», gritaron varias veces mientras dibujaba la naturalidad al natural. En el recuerdo: Antonio Bienvenida. Los viejos se frotaban los ojos y dos con una ramita decían que era «lo más parecido a Curro que se ha visto últimamente». Palabras mayores en una catedral de silencio maestrante que sintió aquella sencillez de lo clásico, de lo profundo sin «gachetobrazos», del aroma a tabaco y Chanel que nacía en ese andar al toro y en cada muletazo. Medido y lentificado, con un cambio de mano y una trincherilla que aún duran… Manuel y Santiago se guardaron el romero maldiciendo la espada: «¿Cómo se puede torear tan bien y matar tan mal? ¡No nos hagas esto!» Su mosqueo era más grande que el del torero, despedido con una ovación de gala: Madrid había visto torear.

«Enviado» fue el toro de la corrida, con una embestida casi deliciosa por el pitón izquierdo. Qué manera de humillar, qué calidad. Luis David Adame le había cuajado un racimo de verónicas que ya quisieran muchos, pero el mexicano no tiene el sello de artista y no se le cantó igual. Hubo dos extraordinarias. Escrito queda, como dicho queda en estas páginas y en el sentir general que no cuajó al excepcional montalvo. Hubo naturales despaciosos, con una gran serie, pero el conjunto no trepó lo suficiente. El «VAR» de los aficionados lo explicaba así: «Torea fuera de cacho y no se la deja puesta de verdad, se le va un gran toro». Un mexicano se enzarzó en una discusión con dos de Toledo: «Ha toreado muy bien, así torean otros y se callan». En parte, no le faltaba razón… La cuestión es que el presidente no consideró la petición: «Hay que pedir la oreja con el pañuelo y no a voces», indicó un espectador.

Sí había cortado un merecido galardón Ginés Marín, crecido como en su tarde en Olivenza, dispuestísimo con un toro de andarina movilidad y que por momentos se acostaba. El extremeño hizo frente a la embestida y a Eolo, que volvió a colarse como una inoportuna visita. No le importó al torero, que le bajó la mano y regó de notables muletazos la arena. Hubo un pase de pecho majestuoso: «Me ha recordado a una foto de Manolete», dijo Juan José mientras la buscaba en su cartera. De mérito las bernadinas finales, cambiándole el viaje, como broche a la emoción de su entregada labor. Dio la vuelta al ruedo con media sonrisa. La otra media se hallaba en el cuarto, pero con el manso no pudo ser. Solo el nombre asustaba: «Pocapena».

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