«El enano Gregorio, el botero» (1907)ARTE

El Bellas Artes de Bilbao aprovecha para dar una visión completa y actualizada del pintor vasco

Un centenar de obras, la mayoría nunca expuestas desde el fallecimiento del artista, una revisión inédita de su obra temprana y un catálogo cuajado de nuevas atribuciones y referencias y que se constituye en nueva obra canónica, desplazando así al clásico La vida y el arte de Ignacio Zuloaga (1950), de Lafuente Ferrari… El Museo de Bellas Artes de Bilbaorinde homenaje al pintor vasco (1870-1945), uno de los artistas españoles más celebrados internacionalmente (especialmente en Inglaterra y EE.UU., donde su reputación era comparable a la de Sorolla), y, a la vez, más criticado en su tierra: el extraordinario éxito de su «españolismo pintoresco» (José Francés, 1915) hizo escuela -pienso en José Mª Mezquita, Pinazo, Valentín Zubiaurre, E. Chicharro…-, desesperaba a las élites de la época, que luchaban por poner en valor la modernización del país, y sólo le apoyaron, en su retrato pesimista de la España del 98, los regeneracionistas; y, cuando a partir de los años veinte se reconoció plenamente su pintura, algunos de sus textos en apoyo del bando Nacional -o, más bien, críticos con el bolchevismo- y, por supuesto, el famoso Retrato del Generalísimo Franco (1940) le granjearon unas antipatías que aún hoy perduran.

Veta brava

Lo cierto es que ese Zuloaga oscuro, de veta brava, claramente velazqueño, goyesco y whistleriano, antítesis del luminismo de su rival Sorolla, que esta gran retrospectiva reivindica, está presente ya en la primera de las quince salas temáticas de las que consta, la dedicada a sus años de formación en Montmartre; pero también está el pintor de la gente humilde, del vagabundo, la prostituta, el bebedor, el barrendero… Y el Zuloaga viajero y cosmopolita, que a lo largo de su vida trabó amistad con innumerables artistas e intelectuales: desde su amigo Rusiñol en París, hasta Picasso, pasando por Rilke, Rodin o Falla, cuyo retrato figuró en los billetes de 100 pesetas durante décadas. En las siguientes salas, dedicadas a sus temas andaluces y castellanos, a bailarinas, toreros (él mismo estuvo a punto de cambiar los pinceles por el capote), campesinos y mozas, están sus obras esenciales, como La calle de las pasiones (1904), Toreros de pueblo (1906) y Celestina (1906); o el famoso Víspera de los toros (1908), rechazado para representar a España en la Exposición Universal y, sin embargo, adquirida por el estado belga, lo que marcó el inicio de su éxito internacional.

Zuloaga apostó desde el principio muy decididamente por el retrato de esa España anclada en sus tradiciones, defendió esta postura en múltiples escritos y se mantuvo fiel a ella hasta el final («Españolizar España», decía en 1939), lo que también explica una connivencia con el franquismo a la que los comisarios le han dedicado especial atención y que es una de las grandes aportaciones de su ensayo, ya que Lafuente Ferrari prefirió no hacerlo. Así, aunque en las últimas salas no están ni el retrato de Franco ni el de Millán-Astray, sí figura El Alcázar en llamas (1932-38), uno de los Toledos más extraordinarios que existen y que prefigura ya, como toda su última etapa, la pintura -también centrada en el paisaje español y sus tipos- que habrá de cultivar la «joven escuela madrileña».

Zuloaga 1870-1945. Museo de Bellas Artes de Bilbao. Plaza del Museo, 2. Comisarios: Javier Novo González y Mikel Lertxundi. Patrocina: BBK. Hasta el 20 de octubre.

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