Nunca tantas figuras habían cambiado de equipo en un mismo verano. Los mejores jugadores pactan hoy muchas veces entre ellos su destino

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Los cambios de camiseta de una colección de estrellas configuran una NBA que nunca se había transformado de tal manera. La temporada 2019-2020 apenas será reconocible respecto a la de unos meses atrás. Los equipos ganan y pierden potencial en base a la voluntad de algunos de los mejores jugadores. Toronto Raptors será diferente sin Kawhi Leonard (Clippers) y Golden State sin Kevin Durant (Brooklyn). En los Ángeles se está cociendo un derbi como nunca, con LeBron James, Anthony Davis (Nueva Orleans), Danny Green (Toronto) y DeMarcus Cousins (Golden State) en los Lakers y Kawhi Leonard (Toronto) y Paul George (Oklahoma City) en los Clippers. Houston replantea su plan en pos del anillo tras intercambiar con Oklahoma City a Russell Westbrook con Chris Paul. Brooklyn perfila un equipo con posibilidades cuando se recupere Kevin Durant de su lesión y se una a Kyrie Irving (Boston) y DeAndre Jordan (Nueva York).

Y a estos movimientos hay que añadir un puñado de jugadores de primer nivel como Al Horford (de Boston a Sixers), Kemba Walker (de Charlotte a Boston), D’Angelo Russell (de Brooklyn a Golden State), Jimmy Butler (de Sixers a Miami), Derrick Rose (de Minnesota a Detroit) y Malcom Brogdon (de Milwaukee a Indiana).

Una de las paradojas de la NBA es que, por más reglas y directrices de las que se ha dotado para igualar la competición y para propiciar la máxima alternancia en su trono, a lo largo de su historia los Celtics y los Lakers llevan una ventaja abismal. Entre ambos equipos suman 33 de los 70 títulos repartidos desde la creación de la NBA en 1950. En una competición en la que no se puede pagar para fichar, ya desde entonces se concibió el draft como herramienta esencial para hacer tabla rasa en el torneo. De manera que los peores equipos un año iban a reclutar a las más grandes promesas al siguiente. Así llegaron Kareem Abdul-Jabbar a Milwaukee en 1969, Tim Duncan a los Spurs en 1997, LeBron James a Cleveland en 2003 o, este año, Zion Williamson a Nueva Orleans. Los límites salariales también influyen como elemento disuasorio para aquellos equipos con pretensiones de monopolizar el campeonato.

Las franquicias, sobre el papel, tenían que repartirse las estrellas. Y así continúa siendo, pero mucho menos que antes. La voluntad de los jugadores ha adquirido un papel más preponderante. Se pusieron en boga los big-threes, equipos con tres grandes estrellas, con el ejemplo por excelencia de Miami con LeBron James, Chris Bosh y Dwyane Wade. Más adelante, los Warriors encontraron la manera de juntar hasta cinco all star en un mismo equipo: Stephen Curry, Klay Thompson, Kevin Durant, Draymond Green y Cousins. Durante los últimos años, muchos de los mejores jugadores acaban siendo amos y señores de su destino. Y este verano, en el que muchos de ellos quedaron en situación de agentes libres, los movimientos han sido más numerosos que nunca.

“Simplemente, quería tomar el control de mi carrera”, confiesa Anthony Davis tras abandonar Nueva Orleans, el equipo en el que compitió las siete temporadas que lleva en la NBA, para unirse a los Lakers. “Había gente que me decía lo que debía hacer. Soy joven y lo acepté”. Las estrellas, en definitiva, deciden y cada vez suelen apostar más por el cambio. Con la retirada de Dirk Nowitzki, ninguno de los MVP de las finales en activo sigue en el mismo equipo con el que ganó el premio ya que Iguodala está en Memphis, Kevin Durant en Brooklyn, Kawhi Leonard en los Clippers y LeBron James en los Lakers. Y Stephen Curry es el único jugador con contrato en la NBA que lleva 10 años seguidos en el mismo equipo, a falta de saber si Udonis Haslem renueva con Miami.

Las estrellas están cambiando la NBA y muchas lo hacen pactando entre ellas sus destinos. Los cambios se deciden tanto o más en los vestuarios que en los despachos de los directores deportivos. Anthony Davis y DeMarcus Cousins, por ejemplo, hablaron con LeBron James antes de decidirse a firmar por los Lakers. Del conciliábulo entre las figuras y su pulso con los propietarios ha surgido la nueva hoja de ruta, con más cambios de colores que nunca.

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