La jornada más larga de la historia del Tour, entre Les Sables d’Olonne y Bayona, se repitió seis veces de 1919 a 1924

Firmin Lambot era un belga previsor. En 1919 había ganado el Tour, pero aprendió la lección que sufrieron sus rivales. El líder era Eugéne Christophe, que vestía el primer maillot amarillo de la historia, algo que no le gustaba demasiado -«se burlan de mí, me llaman canario», se lamentaba- pero en la penúltima etapa le ocurrió una desgracia que ya le había sucedido en 1913. Rompió la horquilla de su bicicleta, tuvo que parar a repararla y perdió el Tour. Lambot no quería que le ocurriese algo así, por lo que salía a las carreras con el dinero suficiente encima como para comprarse una bicicleta si se le rompía la suya.

En 1920 era ya un veterano. Había participado y ganado dos etapas en 1913, antes de la Gran Guerra, tenía 32 años, pero se conservaba en gran forma. “No sufro el calor como Van Hauwaert, ni del estómago como Georget; dosifico el esfuerzo a diferencia de de Alavoine, y soy más regular que Masson. Digiero lo que como y duermo como un bendito”. Esos eran los secretos del ciclista belga. Así se presentó a la salida de la etapa más larga que ha vivido el Tour en más de cien años, entre Les Sables d’ Olonne y Bayona: 482 kilómetros nada menos.

Aquel 5 de julio el pelotón salió casi de día, porque eran las 22.00. Los ciclistas llegaron a la meta casi 20 horas más tarde, sobre las 17.45. Un ejercicio agotador, que los periódicos resumieron en pocas líneas: “No ha pasado nada reseñable”. Pese a eso, la etapa más larga de la historia del Tour se disputó seis veces, entre 1919 y 1924. En el camino hacia los Pirineos, la organización apuraba las jornadas. En 1919, según las crónicas, tampoco ocurrió nada reseñable, o tal vez sí. Durante el tedioso camino, Alphonse Baugé le sugirió a Desgrange, uno de los impulsores de la carrera, la posibilidad de confeccionar un maillot para distinguir al líder. La idea cuajó.

Pero los organizadores no encontraron ningún camino más corto para llegar al sur, y los 482 kilómetros parecían inamovibles en el recorrido. En 1919 había ganado Jean Alavoine, una de las figuras del ciclismo francés. Luego Lambot, y al año siguiente otro belga, Louis Mottiat. Alavoine se volvió a imponer en 1922, al año siguiente venció Robert Jacquinot y el último año en que se disputó la etapa inacabable, el vencedor fue un corredor de segunda categoría, toda una sorpresa. Omer Huyse llegó escapado, con un minuto de ventaja sobre sus perseguidores. También era belga, por lo que Francia y Bélgica se repartieron las seis victorias de etapa, que se corrían a una media aproximada de 25 kilómetros por hora. En 1925, cuando el Tour publicó su recorrido, los ciclistas supieron que aquella tortura había acabado: la etapa con salida en Les Sables d’ Olonne terminaba en Burdeos, a mitad de camino. La más larga de aquel año, entre Metz y Dunkerque solo tenía 433 kilómetros.

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